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CASAS INTERNACIONAL 168 - CABAÑAS CABINS ISSN: 9789874160454
Editorial: KLICZKOWSKI
Tema: Arte
Formato: 24 X 26
Idioma: ESPAÑOL/ INGLES
Páginas: 72
CASAS INTERNACIONAL 168 - CABAÑAS CABINS
KLICZKOWSKI GUILLERMO

$ 195.00
Cantidad
Peor es nada
Hace unos meses recorría en coche con Juan Paulo Alarcón el territorio que une Talca y Concepción, más al sur, bajando hacia el frío patagónico. Allí hay un pequeño pueblo llamado Peor es nada. Gente de esfuerzo, de una simpleza innata como narran algunos cronistas. Están acostumbrados a la tranquilidad, a escuchar el sonido del silencio. No son de muchas palabras. Buen síntoma. Como aquella bella expresión chilena que define este pueblo, ni más ni menos, como lo que dejó la ola…
Cuenta su propia historia que una familia poderosa era propietaria de grandes extensiones de rica tierra allá por el siglo XIX. Al morir Agustín Sánchez y Juana Echegaray, así se llamaba el afortunado matrimonio, hubo de repartirse el vasto territorio entre sus herederos. La hija menor, presente en la lectura del testamento, no pudo contenerse al descubrir el insignificante trozo de tierra que recibiría. Peor es nada… dijo con resignación.
Quien tomó al vuelo esas palabras para convertirlas en el nombre oficial de aquel pueblo perdido de la mano de Dios, supongo que pensaría lo mismo que yo pensé al escucharlo por primera vez. La mejor arquitectura es aquella carente de atributos innecesarios, superfluos, prescindibles. Tanto mejor es cuanto menos tiene hasta el punto de que nada se le puede quitar, nada necesario. Justo ese instante en el que, a partir de ahí nos encontramos con la nada, ese instante mágico en el que peor es nada. El mejor de los estados posibles, aquel en que nada sobra y todo vale. Ciertamente difícil de encontrar, el final de una asíntota inalcanzable.
Muchos intentamos alcanzar esa situación en nuestros trabajos, tocar el sol con los dedos, pero muy lejos transitamos de la desnudez. El camino está lleno de tentaciones y arrepentimientos, de autocomplacencia y vanidad, de pudor y de vergüenza.
Las obras que aquí se presentan, incluida la nuestra, no nos engañemos, están llenas de pellizcos, de ropajes, de pudor. Que no se ofendan mis compañeros de viaje, grandes arquitectos todos, que nos ofrecen estos bellos ejercicios de humildad. Obras situadas en un punto u otro de la asíntota. Más abajo o más arriba, pero en la asíntota.
Cabañas, cobertizos, refugios, casetas, casas de campo, todas. Sencillas. Construcciones rurales para huir y curarse de la tuberculosis, en sentido figurado claro está. Todo en sentido figurado.
Durante estos días he tenido la oportunidad de leer, de nuevo, el artículo de Juan Paulo titulado “Infraestructura agrícola menor en el valle central de Chile”, en el que habla sobre el valor de la arquitectura rural, de las construcciones al servicio del hombre y su trabajo, despojadas de cualquier atributo arquitectónico. Si por arquitectónico entendemos cualquier atisbo de lenguaje o de meta-lenguaje ensimismado. Lejos, muy lejos de la artisticidad.
De los archiconocidos principios básicos en los que Vitruvio considera que descansa la arquitectura, la construcción es la que se manifiesta con mayor claridad en estas obras. Una pieza que nace de la preocupación por la Firmitas, llevada a cabo por alguien que se toma su tiempo, que le dedica el tiempo necesario a las cosas, ni mucho ni poco, siempre será “bella” y, por supuesto, útil. Es preciso ser conocedor de la realidad, es decir, de las necesidades, de experiencias propias y ajenas. Es necesario disponer de tiempo, de tiempo por delante pero también de mucho tiempo por detrás; solo así podemos llegar de la manera más sencilla a resolver el problema más complejo.
Echando un vistazo a las imágenes de esas construcciones rurales chilenas que nos enseña Juan Paulo, se nos amontonan en la mente cientos de imágenes más, las nuestras. Las de nuestros campos o nuestros viajes. Construcciones que parece que siempre han existido, sin embargo, parece que pertenecieran al lugar porque existen una y otra vez. Una y otra vez se construyen, como la cazuela, el caldillo, el curanto, el pastel de choclo o el bistec a lo pobre. Aparece y desaparece la misma versión, tal vez algo mejorada, tal vez con algún defecto. Como muchos de mis textos. Construcciones locales de todas partes del mundo que descansan sobre este principio. Todas esas construcciones precarias tan habituales en los entornos rurales del mundo entero son absolutamente bellas o, deberíamos decir, son bellas en absoluto, como se encargaba de repetir el maestro Antonio Miranda recordando a algún pensador marxista. Por lo tanto son útiles en esencia, en origen. Son construcciones nacidas de la necesidad, de manos seguras que agarrando lo que había cerca y con los sistemas más básicos resuelven un problema, a veces en colaboración con el resto del pueblo, a veces solas. Crean ese cobijo, ese techo para resguardarse que fue un día el origen de la arquitectura, ahora para animales, para proteger herramientas, guardar grano… Tal vez no son tan resistentes, pero lo suficiente como para resolver el problema aquí y ahora. Eso sí, son tan resistentes como su propio sistema les deja ser, rara vez son menos resistentes de lo que se pueden permitir. Dejan atrás otros elementos arquitectónicos, aderezos tan enraizados en lo que se entiende desde hace siglos por arquitectura, tan unidos a ella que nos han llegado a parecer imposibles de abandonar.
Recuperemos el título del recurrente libro de Rudofsky: Arquitectura sin arquitectos. Miremos hacia esa arquitectura vernácula sin planos, sin proyecto, sin arquitecto. Retomemos la idea de la materia y de su fuerza intrínseca. La fuerza de un junco enraizado en el lugar.
Es evidente que los artífices de estas construcciones no son los artesanos de los que hablaba otro autor recurrente en estos casos, Richard Sennett. Falta ese oficio, esa experiencia, incluso esa habilidad para hacer “bien” las cosas, pero sí cuentan con el poso de la tradición, de haber visto a otros levantar construcciones sencillas y eficientes. Y repitiendo el modelo que forma parte de su lógica interna, acaban por resolver el problema.
Tal vez deberíamos mirar con detenimiento, con mucho detenimiento estas construcciones. Son feas, y por eso son más que bellas. Aunque nunca fuera su intención. Su atractivo nace precisamente de esa falta de equilibrio, de armonía, de su capacidad para emocionar, remover.
Muchos de los que aquí aparecemos hemos pasado horas analizando, observando este tipo de construcciones honestas, desnudas, sin arquitecto. Hemos tratado de entenderlas, de sustanciar lo esencial, de alcanzarlas. La distancia entre aquellas y estas que aquí se presentan no se puede medir, no es cuantificable. Sin embargo, nos muestran la distancia real entre la arquitectura y el arquitecto.

Arturo Franco
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